La Reina de la Noche

abril 11, 2013

“La verdad sobre el Saint-Louis”

Filed under: Cuba,Israel,Saint-Louis,US — isiswirth @ 10:02 am
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Los lectores de The Jerusalem Post responden a la cuestión de quién dio la orden de que el Saint-Louis regresara a Europa.

enero 29, 2013

“¿Existió complicidad del gobierno cubano con Goebbels en 1939?”

Filed under: Cuba,Saint-Louis — isiswirth @ 11:12 am
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En Cubaencuentro.

enero 14, 2013

El episodio del “Saint-Louis” en la novela “Otra vez adiós ” de Carlos Alberto Montaner

“Otra vez adiós ” (Suma de letras, 2012), la última novela del escritor cubano Carlos Alberto Montaner, cuenta los avatares del pintor vienés David Benda, un judío que huye del nazismo y llega a Cuba en el “Saint -Louis” en 1939. Se hace célebre y próspero en la isla (e incluso le pinta dos retratos a Fulgencio Batista), hasta que le arriba la hora de decir “otra vez adiós”, en esta ocasión huyéndole al castrismo.
He disfrutado con intensidad la novela, por sus diversas cualidades. Quisiera referirme sobre todo al episodio del “Saint-Louis” en ella, ya que, como he mencionado, David Benda puede desembarcar en la isla.
Como nadie debe ignorar, el “Saint-Louis” era un buque de pasajeros de la naviera Hapag, de Hamburgo, que zarpó el 13 de mayo de 1939 de ese puerto del Mar del Norte con destino a La Habana, con 900 (en realidad, 899) judíos germánicos. Otros 38 pasajeros se les unieron en Cherburgo, la mayor parte de ellos no judíos, republicanos españoles y algunos cubanos. De los 937 pasajeros que arribaron a la bahía de La Habana, sólo 30 obtuvieron permiso para desembarcar: la totalidad de los no judíos, asi como, entre esta cifra, siete judíos. De los 907 que, ante la negativa del gobierno de Federico Laredo Bru (con Batista en la sombra) de permanecer en la isla, fueron obligados a regresar a Europa, 600 murieron en los campos de exterminio. Entre ellos, unos doscientos niños.
Este viaje de los condenados, o el de un barco hacia el infierno (según dos de los títulos de los no pocos libros escritos sobre este suceso infame, por el cual algún día un futuro gobierno democrático deberá pedir perdón en nombre de la historia de la isla), era una operación de propaganda de Joseph Goebbels. Tras el pogromo de la Noche de Cristal (9 de noviembre de 1938), Alemania se mostraba “magnánima” y “generosa” con los judíos, permitiéndoles salir. Sin embargo, pronto se comprobaría, según lo ideado por Goebbels, que ningún país quería tampoco a los judíos. Curiosamente, cuando Goebbels se reunió con Hermann Göring y Reinhard Heydrich en un almuerzo de trabajo a principios de abril de 1939 en el Hotel Adlon de Berlín, para exponerles su plan, estaba convencido de que Cuba no aceptaría a los judíos, a los cuales los nazis se aprestaban a embarcar en el “Saint-Louis”. ¿A qué se debía esta seguridad de Doktor Goebbels ? Göring y Heydrich dudaron de que Cuba pudiera finalmente rechazarlos, pero Goebbels los convenció de lo fundado de sus cálculos.
Me detengo en el fino equilibrio entre los hechos históricos (por demás, Montaner ha realizado un trabajo de documentación minucioso, loable) y la ficción, en lo que respecta a cómo es bien creíble que Benda, en la narración, pudiera desembarcar.
Los siete judíos a quienes se les permitió desembarcar fueron: dos niñas, Renate y Evelyin Aber, cuyo padre, Max, se encontraba en Cuba; uno que, in extremis, antes de que zarpara el barco el 2 de junio de 1939, logró depositar la caución de 500 dólares exigida por los cubanos; asi como Max Loewe, quien desesperado, se cortó las venas (intentó más bien arrancárselas), se tiró al agua pero fue salvado por un marino, “ario”, de la tripulación del capitán Schröder; luego fue nombrado, el capitán Schröder, “Justo entre las naciones”, aunque no lo fue por este acto heroico de un marino a sus órdenes, sino por toda la historia del viaje condenado… A las autoridades (cubanas) no les quedó más remedio que trasladar a Max Loewe a tierra y hospitalizarlo en el “Calixto García”, impidiéndole no obstante a su esposa Else (y a los dos hijos de ambos) que desembarcaran, para que estuvieran a su lado mientras se debatía entre la vida y la muerte.
Los restantes tres fueron la señora Meta Bonné y sus dos hijos Beatrice y Hans-Jacob. Un oficial del servicio de inmigración había subido a bordo, para desaparecer enseguida. Poco tiempo después, el comisario de a bordo, Alexander Müller, le pidió a la familia Bonné que se presentara en su buró. Luego, todos los otros los vieron, maleta en mano, acompañados por el oficial, descender a tierra. Los pasajeros comenzaron a protestar, otros expresaban su incredulidad, y su frustración. ¿Por qué ellos y nosotros no? ¿Por qué? El capitán Gustav Schröder nunca entendió el porqué de este tratamiento de favor. Tampoco, Müller podía decir más. Había solamente visto al oficial hablar con los policías (que se encargaban de que nadie saltara por la borda), y mostrarle los pasaportes de la familia. Eso fue todo. El misterio permanece intacto, hasta el día de hoy.
En la novela, David Benda se beneficia de que es un enviado a Cuba de Karl Toledano, quien dirige una agrupación de resistencia, encargada de salvar a los judíos tanto como fuese posible. Benda debe entregarle un nuevo libro de claves a Yankel Sofowicz, miembro de la organización de Toledano que se encuentra la isla. Yankel ha sido ayudado previamente a establecerse en Cuba por el cubano Julio Lavasti, a quien Toledano había conocido en Berlín mientras estudiaba medicina. Bajo ningún concepto, Benda debe regresar a Europa. Lavasti está muy bien relacionado con el gobierno. Una mañana, subieron a bordo, cuenta Montaner, el comandante Manuel Benítez Jr., hijo del director de inmigración; Julio Lavasti y el asistente de Benítez Jr. Se llevaron a tierra a Benda, según orden del presidente Laredo Bru.
Si no, entre los varios sucesos reales desplegados por Montaner en el capítulo del “Saint-Louis”, el de la muerte a bordo de Meier Weiler, quien había embarcado muy enfermo, probablemente de diabetes. Montaner sólo le cambia el nombre de Meier por el de Moritz; sin embargo, mantiene el mismo que en la realidad para su viuda, Reicha.
*********
Y hago un salto desde 1939 al 1961, en Cuba, tras la invasión de Bahía de Cochinos, al tratarse de una de las escenas acaso más impactantes de la novela. David había sido detenido desde el 17 de abril, y trasladado a la sede de la policía política en Miramar. El capitán “a cargo de su caso” lo acusa de batistiano, señalándole el segundo retrato que le pintó a Batista, firmado en abril de 1957. Benda le responde que lo hizo para salvar a un amigo suyo, Ben Kravich, de las garras de Ventura, lo cual es cierto. Era uno de los complotados en el asalto al Palacio presidencial en marzo de 1957. El capitán le espeta con desprecio que conoció a la “rata sionista” del polaco Ben Kravich en la universidad, un “anticomunista enfermizo” desde joven. Benda le aduce que no es una “rata sionista” sino alguien que creía en la causa de Israel, que amaba a Cuba e Israel. Y le tira el capitán la terrible andanada: “Si usted está de acuerdo con las ideas de Kravich, ambos son dos judíos de mierda. Los judíos se han apoderado del territorio que les correspondía los palestinos. La única cosa buena que hizo la república mediatizada en la época del canalla Grau San Martín fue votar contra la creación de Israel, el único país de América Latina, por cierto, que votó correctamente. Israel es un peón del imperialismo yanqui y usted es un doble agente de los americanos. Primero es un agente como retratista de la burguesía y luego como judío sionista”.

Montaner teje un contrapunto entre la experiencia vivida por David Benda bajo el nazismo y la que le va a tocar vivir en Cuba a partir del 1 de enero de 1959. Es (tan sólo) una de las razones por las que “Otra vez adiós” debe ser leída.

noviembre 23, 2012

Entrevista con Carlos Alberto Montaner sobre su última novela

Filed under: Cuba,Literatura,Saint-Louis — isiswirth @ 10:39 am
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Por Camilo Loret de Mola para Diario de Cuba.

Su última novela, “Otra vez adiós”,  incluye el episodio del Saint-Louis, el barco con más 900 judíos refugiados de Europa, a quienes los cubanos les impidieron desembarcar, enviándolos a una muerte segura, como sucedió.

Me alegra coincidir con la visión de Carlos Alberto Montaner sobre ese vergonzoso episodio de la historia de Cuba.

“También te refieres a los sucesos del buque Saint Louis, que llegó a La Habana con 936 refugiados judíos que nunca pudieron desembarcar ni en Cuba ni en la Florida, y tuvieron que regresar a Europa. ¿Eran antisemitas los cubanos y norteamericanos de 1939?

El Saint Louis no fue el único episodio antijudío protagonizado por los cubanos. En 1948, durante el gobierno de Grau, Cuba fue el único país de América Latina que votó contra la creación del Estado de Israel. Fue un acto vergonzoso. Sin embargo, los cubanos, salvo un pequeño grupito que trató de crear un partido nazi dirigido por un tal Dr. Prohías, no eran antisemitas, pero sí eran nacionalistas y en los años treinta no querían extranjeros. No querían judíos ni españoles. No querían a nadie de fuera. También expulsaron a jamaicanos y otros negros caribeños. En La Habana hubo manifestaciones copiosas contra la inmigración de judíos. Las alentaban desde periódicos que a veces recibían dinero de los alemanes y de los fascistas.”

-Al respecto, ver los artículos publicados en este blog bajo la categoría Saint-Louis.

enero 26, 2012

“Los niños judíos que Cuba no protegió”. Rodolfo R. Boffill Phinney

Filed under: Saint-Louis — isiswirth @ 11:44 am

En Cubaencuentro.
Me complace que el autor retome en tales términos este tema del que me he ocupado con anterioridad.
Abriendo la categoría “Saint-Louis” de este blog, se encuentran mis siguientes artículos:
-“¿Complicidad del gobierno cubano con Goebbels en 1939?”
-“La trampa que se le tendió al Saint-Louis en La Habana”.
-“El viaje de los condenados”.
Y la culpa por el Saint-Louis está pendiente en la historia de Cuba.

septiembre 5, 2011

¿Complicidad del gobierno cubano con Goebbels en 1939 ?

Filed under: Antisemitismo,Cuba,Saint-Louis — isiswirth @ 4:51 pm

Es tan sólo una pregunta que puede plantearse –y que no es la primera vez que aparece en este blog, en previos posts sobre el tema-, dadas las características contradictorias de la trampa que en definitiva se le tendió a los refugiados judíos del Saint-Louis- y otros dos barcos más, el Orduña y el Flandre.
Lo cierto es que la destinación de los tres navíos era La Habana, que desde aquí sus pasajeros podían más tarde dirigirse a los Estados Unidos, que una semana antes de que el Saint-Louis saliera de Hamburgo el presidente Laredo Bru firmó un decreto, el 937 (ironía cruel, pues 937 era el número de pasajeros del Saint-Louis), el cual anulaba el anterior 55 que los autorizaba a desembarcar; que la determinación del presidente fue siempre la de no permitir su entrada, y todas las maniobras dilatorias (por ejemplo, el pedido de dinero: a la postre se revelaría que el asunto nunca fue éste) constituyeron pretextos.
Con el rechazo a los refugiados (por parte de Cuba, en primer lugar; y luego por los Estados Unidos, Canadá y varios países latinoamericanos, con la excepción de República Dominicana), se comprobaba la tesis propagandística del plan de Joseph Goebbels, consistente en que las democracias del mundo se negarían a acoger a los judíos que huían, y por lo tanto la Alemania nazi tenía “moralmente” las manos libres para implementar lo que, luego, vendría a ser la “solución final”.
Uno de los pasajeros era el brillante abogado Joseph Josef -fue hecho presidente del comité de pasajeros, creado a bordo del Saint-Louis según idea del capitán, Gustav Schroeder-, miembro del SPD. Muy interesado por todo lo relacionado con el arte, se dedicaba a proteger a escritores y artistas. Fue en esa época que conoció al entonces desconocido Joseph Goebbels, quien había publicado una obra de teatro, “Los errantes” -¿una premonición?-, que en realidad era un plagio. Tras la Noche de Cristal (9 de noviembre de 1938), Josef pudo conseguir, junto a su única hija, Liesel, billete en el Saint-Louis. En 1944, desde Filadelfia donde había logrado establecerse, le dirigió una carta abierta a Goebbels, invocando su recuerdo. Según Gilbert Sinoué en “Un bateau pour l’ enfer” (Calmann-Lévy, 2005), Liesel Josef declararía más tarde que “estaba convencida que todo el affaire del Saint-Louis no había sido sino un golpe de propaganda organizado por Goebbels con la complicidad de las autoridades cubanas”.
Sinoué apunta cómo Goebbels –con el beneplácito de Hitler- le expuso su plan a Goering y a Heydrich en una reunión en Berlín. Se trataba de dejar partir a los judíos, para mostrar que ellos no eran sus verdugos. El punto central de la maniobra era mostrar que las críticas dirigidas a Alemania eran hipócritas, ya que no los iban a aceptar. Goering se mostró escéptico y sorprendido: “Lo encuentro muy optimista, Herr Goebbels, ¿cómo puede estar tan seguro de ello?”
-“¡No estoy seguro de ello, sino que va a ser realidad!, habría respondido Goebbels. “Ningún país los va a querer, usted verá. ¿Entonces, dónde quiere usted que vayan?”, se preguntó a sí mismo, para añadir enseguida: “Por supuesto, siempre tendremos a Cuba”.
-“¿Cuba?”, exclamó Heydrich.
Goebbels lo confirmó y aludió a un informe de la embajada americana en La Habana al que pudo tener acceso, del 18 de marzo de 1939. Se señalaba que el gobierno cubano estaba dispuesto a acoger a refugiados provenientes de Europa, dinero de por medio.
“-Pero esto puede cambiar”, se sonrió enigmáticamente Goebbels…
Gustav Schroeder escribiría en su libro “Heimatlos auf der hoher See” (Hamburgo, 1949):
“Ninguna gestión, ningún ruego (anoto yo que entre ellos, los de las mujeres pidiendo piedad a la esposa de Laredo Bru, que no contestó; asi como un pedido del entonces arzobispo de La Habana) fueron escuchados. Ningún comité, ninguna personalidad americana influyente (las cuales estaban preocupadas por la cuestión humanitaria) fueron capaces de hacer cambiar la opinión del gobierno cubano. El presidente permaneció inflexible. En verdad, no he comprendido nunca la razón de tanta rigidez. Tomé un abogado. Acusé a las autoridades cubanas. Le dije claramente a mi abogado lo que yo pensaba de este asunto usando la siguiente metáfora: el gobierno cubano me hace pensar en alguien que te invita a cenar y, una vez que uno llega a su casa, te tira la puerta en las narices”.
Y Laredo Bru se sentía muy bien respaldado por la inmensa mayoría de la opinión pública, en una verdadera histeria antisemita que se desató, con pocas excepciones. Más aún, consideraba que no podía “traicionar” el “sentir” de la población que le pedía ser inflexible, y hacer caso omiso de los ruegos de los pasajeros y varios funcionarios.
Un dispositivo policial fue instalado alrededor y a bordo del Saint-Louis, para impedir que los pasajeros se tiraran al mar y “mantener el orden”. (Uno de los policías incluso impidió en una ocasión el uso del alemán, la lengua maternal de los pasajeros, ya que “no lo entendía”.) Durante la noche, los reflectores se desplegaban sin cesar sobre el barco-prisión, como mismo se hacía en los campos de Dachau y Buchenwald en los que ya habían estado confinados varios refugiados.
Y cuando Laredo Bru ordenó la salida del Saint-Louis de la bahía, amenazó con enviar un navío de guerra si no era obedecido.
Por la otra parte, la actitud del entonces coronel Fulgencio Batista (supuesto “hombre fuerte” del gobierno, pero también podía en ese momento estar en desacuerdo con Laredo) fue enigmática, aunque su ausencia de intervención en el asunto le valió tras la guerra la simpatía de la comunidad judía cubana. Bastaba el no haber intervenido –nunca encontró, pese a sus reiterados pedidos, al negociador de la organización judía americana, Lawrence Berenson, aunque los unía una cierta relación amistosa- para que ello fuera considerado positivo. ¿A ese grado de “prudencia” había llevado el clímax de la histeria cubana de 1939 contra los judíos que escapaban de Alemania?
(En la foto, estatua de Alexander von Humboldt, en la entrada de la Universidad Humboldt de Berlìn, ofrecida por Cuba en 1939.)

agosto 28, 2011

La trampa que se le tendió al Saint-Louis en La Habana

Filed under: Antisemitismo,Cuba,Saint-Louis — isiswirth @ 7:58 pm

La « operación » del Saint-Louis fue concebida por Joseph Goebbels, como ya he apuntado en este blog, y el objetivo que se propuso fue logrado : demostrar que las democracias rechazaban a los judíos y no los aceptaban en su suelo.
(Por cierto, quien supervisó el “viaje especial” fue el Reichssicherheitshauptampt, el buró que asumiría más tarde, a partir de 1942, la exterminación de los judíos en Europa bajo la dirección de Adolf Eichmann. Por su parte, la Abwehr del almirante Canaris infiltró un agente en el barco, Otto Schiendick –a la vez jefe de la célula nazi a bordo-, quien contactó en la bahía habanera al espía Hoffmann, el cual le entregó información militar de los Estados Unidos .)
El destino final del Saint-Louis era La Habana, como del mismo modo lo era el de otros dos barcos, el Flandre (francés) y el Orduña (británico), también cargados con refugiados judíos, que tenían que llegar a la capital cubana junto con el Saint-Louis.
Pero la mayoría de los judíos alemanes a bordo preveían permanecer en Cuba entre tres semanas y tres meses, antes de poder emigrar a los Estados Unidos. Sin embargo, cuando La Habana rechazó a los desterrados, la administración de Franklin D. Roosevelt también se negó a su vez a acogerlos. Luego, el jefe de Inmigración Manuel Benítez, quien inicialmente había firmado permisos de desembarco para los refugiados, lo cual fue revocado el 5 de mayo de 1938 – y el Saint-Louis zarpó de Hamburgo el siguiente 13 de mayo- por el presidente Laredo Bru, en una invalidación retroactiva, intentó culpar a Roosevelt de la tragedia, alegando que el gobierno cubano había estado sometido a la presión de la administración norteamericana para no aceptar a los judíos, lo cual fue desmentido por el propio presidente americano. No obstante, cuando el Saint-Louis se halló de nuevo en el océano de vuelta a Europa, los pasajeros le dirigieron SOS desesperados, que nunca éste contestó. Argumentaría que nunca los recibió.
¿Cómo es posible que el capitán del barco, Gustav Schroeder –quien por la otra parte fue un “Justo entre las naciones”, como tal reconocido por Israel, y hasta condecorado por haber tratado de salvar a los judíos por el gobierno de Alemania federal-, no haya sido informado del edicto revocatorio de Laredo Bru? Tampoco ningún pasajero conoció de ello. El único que se alarmó con que el Saint-Louis zarpara de Hamburgo rumbo a Cuba, una semana después de la negativa oficial emitida por el gobierno de la isla (Laredo Bru le pidió al Congreso prohibir “las repetidas inmigraciones de hebreos que han estado inundando a la República”), fue el Cónsul británico en La Habana, quien alertó al Foreign Office. Con el resultado de que Sir Herbert Emerson, del Comité Intergubernamental de Refugiados, le pidió al director de la compañía naviera en Hamburgo, Claus Gottfried Holtusen, de que no dejara zarpar al Saint-Louis. Pero Holtusen, bajo fuerte presión de la Gestapo, le aseguró a Emerson que se permitiría a los judíos desembarcar, que él tenía “garantías personales” de las autoridades cubanas.
Anteriormente, funcionarios americanos habían hecho notar que existían “divergencias de puntos de vista entre la Dirección de inmigración y el ministerio de exteriores cubano”, pero no quisieron intervenir. Aunque advirtieron que los editores de periódicos (el único periódico cubano que mostró piedad por los refugiados fue el Havana Post, en inglés; todos los otros, especialmente el Diario de la Marina y el comunista Hoy, publicaron sin cesar antes y durante que el Saint-Louis estuviera en el puerto diatribas netamente antisemitas) y los diplomáticos cubanos de carrera en servicio, estaban permeados por simpatías con los nazis. El embajador americano en La Habana señalaba que el cónsul cubano en…Hamburgo era el único diplomático de carrera en servicio en Alemania, e informó que era un “nazi en sus simpatías y no está a favor de que ningún refugiado judío se traslade a Cuba”.
Sin embargo, el propio Robert M. Levine, en su libro “Tropical Diaspora”, aduce que “la decisión de usar a Cuba como puerto de destino fue casual para los nazis”.
Una casualidad que acaso de algún modo había sido prevista, pues además de que los pasajeros pagasen su viaje –en primera o en clase turista-, se les hizo pagar además 230 reichsmarks (92 dólares) por un viaje de vuelta en el caso de “circunstancias más allá del control de Hapag”, la compañía naviera.
Después de que el Saint-Louis fuera obligado a levar el ancla del puerto habanero, la embajada alemana le pidió a su ministerio enviarle al gobierno cubano una suerte de protesta – en realidad, menos que una protesta formal, según la clasificación diplomática-, porque, “aunque Berlín entendía que Cuba no quería aceptar a ningún judío”, el “trato” dado a un barco alemán había sido “cuestionable”. ¿Se trató de un doble juego entre Berlín y La Habana, con tal de “salvar las apariencias” o se debió tan sólo a la presión que los funcionarios alemanes de la compañía naviera en la isla pudieron ejercer sobre la representación de su país?
Y ya antes de que el Saint-Louis partiera, los informes diarios en la prensa local condujeron a la manifestación antisemita más grande en la historia de Cuba. Fue convocada por Ramón Grau San Martín, líder del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). La manifestación “contra los judíos” (sic, según el llamado que efectuó Grau en el Senado) reunió el 8 de mayo a 40 000 personas, más las decenas de miles que escucharon su transmisión en la radio nacional.
El principal vocero de Grau, Primitivo Rodríguez, arengó al pueblo para “luchar contra los judíos hasta que el último de ellos sea sacado del país”.
Durante la presidencia de Grau, en 1947, Cuba fue el único país latinoamericano que votó en la ONU contra la creación del estado de Israel. Probablemente, Grau estuvo detrás de ese voto, quizás influenciado por su relación con Raúl Roa (más tarde, notorio ministro de exteriores de Fidel Castro, el denominado “canciller de la dignidad”: curiosa “dignidad” la suya si es cierta su influencia sobre Grau en contribuir a esa posición cubana en la ONU), cuya esposa era miembro de la familia Kourí. El doctor Pedro Kourí, de origen libanés, había fundado en el mismo 1947 junto a otros de su comunidad, el Comité Pan Árabe de Cuba, que se oponía al estado judío.
Varios de los integrantes del Comité Pan Árabe habían apoyado durante la Segunda guerra mundial las causas nazi y falangista, a las cuales remite el antisemitismo que se desplegó en esos años, sobre todo antes de que Cuba entrara en guerra tras que lo hiciera a su vez Estados Unidos. Un antisemitismo en definitiva importado –pero que contribuyó a la tragedia del Saint-Louis: 667 de sus pasajeros fueron exterminados en Europa-, ajeno al suelo cubano, como subrayó con la fuerza de la vergüenza Fernando Ortiz, en junio de 1939, en la revista “Ultra”. Fue Fernando Ortiz uno de los pocos que en Cuba alzó la voz para denunciar el antisemitismo y tomar partido por las víctimas del Saint-Louis.

agosto 26, 2011

“El viaje de los condenados”, trailer del filme sobre el tràgico episodio del Saint-Louis

Filed under: Antisemitismo,Cine,Cuba,Saint-Louis — isiswirth @ 4:15 pm

“Voyage of the Damned” (1976), un filme de Stuart Rosenberg, sobre la negaciòn del gobierno cubano (encabezado entonces por el presidente Federico Laredo Bru) en 1939, de permitir desembarcar a los refugiados judìos que huìan de Alemania, en el barco Saint-Louis, como recordaràn.
El régimen nazi lo habìa concebido, no obstante, como una maniobra de propaganda: de una parte, se mostraba “magnànimo”, al darle salida a esos judìos alemanes -varios habìan ya estado internados en campos-; de la otra, querìa enseguida demostrar que el “problema judìo” no era sòlo nazi, puesto que ningùn paìs iba a querer admitir a los refugiados: y el destino en el que se pensò fue La Habana…
Oscuros manejos, en los que prevaleciò sin dudas la corrupciòn de los màs altos funcionarios cubanos -finalmente habrìan pedido la suma de medio millòn de dòlares de la época, a pagar en un plazo que no pudo cumplir la Comisiòn de coordinaciòn americana sobre los refugiados judìos antes de reunirla y el barco tuvo que zarpar del puerto de La Habana-, pero quizàs también otros (por qué en principio La Habana habrìa aceptado como suyo el destino del barco para luego negarse a que los judìos desembarcaran?; por qué en la entrada de la Universidad Humboldt de Berlìn todavìa se puede ver un monumento ofrecido a Alemania por Cuba en el año 1939, para agradecer por la labor cientìfica de Alexander von Humboldt?), se entretejieron en una trama que todavìa no està completamente elucidada. La responsabilidad de los funcionarios cubanos fue sòlo la de su venalidad?
El filme, bastante preciso històricamente, es devastador para los cubanos.
Con la excepciòn del entonces ministro de exteriores, Ramos (interpretado por James Mason), el ùnico que se compadece y actùa en consecuencia, permitiendo que desembarquen dos niñas (en total, 29 refugiados pisaron tierra) para que se reùnan con su padre, quien ya se hallaba en Cuba, y del comerciante en azùcar José Estedes (Orson Welles), una suerte de “pragmàtico” pero no desprovisto de piedad, el resto (incluyendo el presidente Laredo Bru -Fernando Rey- y Fulgencio Batista, “hombre fuerte”, quienes se esconden oportunamente para no recibir a Troper, representante de los judìos (cuando en realidad fue Lawrence Berenson, consejero de la Comisiòn mencionada, quien màs negociò con los cubanos), es cuando menos negligente y frìvolo, de una frivolidad y una ligereza insoportables. En un determinado momento, Troper (Ben Gazzara) se enfrenta a uno de ellos, el cual se escuda para justificarse en que el americano no conoce la “mentalidad cubana”, o sea, que entendiera el significado de “mañana”, que “todo se iba a solucionar” y que “tuviera paciencia”. Trapper le contesta que en efecto él no conoce el “alma cubana” pero sì conoce muy bien la mentalidad alemana: de los 937 pasajeros del Saint-Louis de vuelta en Europa, 600 murieron en los campos de exterminio.
Uno de los personajes màs repulsivos, por su hipocresìa y su falta de escrùpulos, es la del coronel Manuel Benìtez (participante en la Asamblea Constituyente de 1940, jefe de la policìa en la presidencia de Batista entre 1940-44), director de Inmigraciòn. Buena parte de la responsabilidad de la tragedia -y de la vergüenza kàrmica por siempre que pesa sobre la isla por haber re-enviado de vuelta a la muerte segura a esos refugiados; o es qué esto no se paga?-, caerìa sobre Benìtez (José Ferrer), por su ànimo de lucro personal con las vidas de los judìos. Sin embargo, cuando Ramos lo obliga, impelido por una historia personal en la que se presenta una prostituta judìa que oficiaba en La Habana (cuyos padres se encontraban en el Saint-Louis, y a los que pudo a la postre salvar del Holocausto por los 1300 dòlares que les entregò a bordo del barco anclado todavìa en el puerto), firma las visas de las dos niñas judìas. Màs aùn, Laredo y Batista se “desentendieron” del asunto. Bajo qué resorte actuaron?

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